La Enramá, una fiesta revisable

Las fiestas están cargadas de símbolos. Muchos de ellos, positivos. Sin embargo, la costumbre o la tradición han perpetuado algunos aspectos merecedores de una cierta revisión. La Enramá de Pinofranqueado y sus alquerías ha conseguido un reconocimiento público indudable, tanto por su capacidad para rememorar otras épocas como por la vigencia de su propuesta festiva a favor de una comunicación abierta y espontánea entre los sectores más jóvenes de la población.

Un año más los mozos–varones celebraron el sorteo de La Enramá que decidió los emparejamientos en solitario, ellos solos, mientras las jóvenes–mujeres esperaban el resultado fuera de la plaza e incluso de las calles del pueblo.

Los organizadores –es decir, el propio Ayuntamiento– estableció en el programa oficial que a las 00.00 horas del jueves 17 de agosto tendría lugar la “reunión de mozos en la Plaza Reina Victoria para celebrar el sorteo de parejas”. Y añadía: “se recomienda la no presencia de mujeres en la calle a partir de esta hora”.

¿Qué aporta esta “norma tradicional” a la fiesta?

Unas dosis de machismo que en este tiempo ofenden. Solo eso. Todo eso.

¿Convendría revisarlo? ¿O urge hacerlo?

Otros aspectos de la fiesta, como el hecho de que la enramá sea un regalo obligatorio por parte de la mujer sin reciprocidad alguna por parte del varón, también podría ser objeto de reflexión. Sin embargo, la exclusión de las jóvenes–mujeres del sorteo carece en este tiempo de sentido.

Hay símbolos que tienen importancia y solo molestan.

(Este editorial se escribió antes de La Enramá 2017, aunque estaba previsto hacerlo público una vez celebrada la fiesta, para encontrar un ambiente más propicio a la reflexión e incluso al debate)