El terreno abrupto e irregular condicionó un modelo de casa hurdana pequeña, de escasa altura, sencilla de formas y con exiguos huecos al exterior. De ese modo, la simplicidad de sus materiales, piedra y pizarra, resaltaba otro valor representativo de Las Hurdes: la austeridad.

De planta redonda o cuadrada, la vivienda en el exterior era de una planta y estaba recubierta con tejados de pizarra. Los pueblos se confundían así con el paisaje y la casa respondía a unas condiciones bioclimática y a una perfecta adaptación al medio natural.

La casa hurdana responde a un modo de entender la vida dentro de un contexto duro y riguroso. En el interior las estancias se organizaban en dos partes bien diferenciadas: una doméstica, compuesta por alcoba y cocina (de lanchas); y otra, para los animales.

Los tejados, de pizarra, carecían de chimenea para aprovechar el humo interior como secante; los balcones que aparecen son fruto de una restauración interna; los muros lisos al exterior se ven interrumpidos ocasionalmente por “poyos”; las casas se unen unas con otras para aprovechar tanto el terreno como la pared colindante; también hay callejones ciegos que no llevan a ninguna parte, porque las calles no son tanto vías de comunicación como de separación de viviendas.

El diseño urbanístico mantiene ese criterio austero y homogéneo, esa forma de entender la vida en un entorno muy delimitado: sin espacios públicos amplios, con calles estrechas y pendientes, adaptadas a un terreno abrupto y con desniveles. Cada uno de los pueblos y alquerías se fueron creando por el discurrir de los ríos para aprovechar todos los recursos.